No sabemos quien es



¿Realmente sabemos quién es Dios?

Leer uno de esos artículos que llegan al correo electrónico como una lluvia permanente parece una actividad en extinción. Sin embargo, haber leído uno esta mañana despertó en mí un pensamiento que no sabía que habitaba tan dentro: ¡No sabemos quién es Él!

Si Él habita en luz inaccesible (1 Timoteo 6:16) y si Jesús —quien vino a revelarnos al Padre (Juan 14:9)— ascendió nuevamente al cielo para sentarse a su diestra (Hechos 2:33, Hebreos 1:3), solo nos queda rendirnos a la revelación del Espíritu Santo, enviado a la tierra desde aquellos días de Pentecostés en el aposento alto.

Puedo escuchar la voz de Saulo de Tarso preguntando en el camino: «¿Quién eres, Señor?»

Si esa misma pregunta resuena hoy en tu interior y en el mío, probablemente necesitemos una revelación nueva y fresca de su persona. Esto nos indica que nuestros encuentros personales aún no han sido suficientes para tener, al menos, una noción real de quién es Él.

La ilusión de la certeza

Durante años creí saber mucho acerca del Dios al que le oraba, del Dios de quien le hablaba a otros e incluso del Dios que predicaba ante multitudes. El mensaje se sentía genuino y movilizador; los sentimientos en mi interior no dejaban lugar a dudas: era Él. Llamando, hablando, moviendo todo mi mundo a su alrededor. Todo indicaba que las cosas iban bien.

Pero una serie de acontecimientos me dejó en estado de shock. Lo que comenzó como una leve angustia dio lugar a la duda y, en cuestión de días, todo se desmoronó. Comenzaron los desvelos, la tristeza prolongada, las interrogantes, la incertidumbre, la desilusión y el miedo. Todo fue evidenciando lo que realmente estaba escondido en el fondo: el "innombrable" orgullo.

Sí, orgullo.

Reducido a nada para que Él sea

Hoy, buscando en mi mente los orígenes de todo aquello, caigo en la cuenta de que ya han pasado tres años. Aquel Dios "no conocido" finalmente se hizo evidente en mi ser.

Sin embargo, la búsqueda no ha cesado:

  • El arrepentimiento es diario.

  • La confrontación a cambiar de mentalidad es permanente.

  • Abandonarme a su voluntad ya no es una opción, es la única vía.

La conclusión es una sola: no puedo vivir yo si Él no vive en mí. No hay un «Yo y Él»; solo puede haber Él.

Si Él lo llena todo en todos, seré definitivamente absorbido por su gracia y reducido a nada para que Él sea. Entonces, y solo entonces, lo conoceré —ya no por mis facultades humanas, sino por su Espíritu, que lo habrá transformado todo en mi interior.


  


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